Tras varios meses "sine
linea", la pluma se alojó entre sus dedos como un huésped apremiante y
redactó mecánicamente aquella fatal misiva, dirigida "a quien
corresponda". Después leyó detenidamente lo escrito de su puño y letra y,
no teniendo nada que objetar, estampó su firma del calibre treinta y ocho.
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