Tanto cargar con culpas ajenas le fue esculpiendo una cara de permanente resignación. En realidad una máscara que ocultaba un exacerbado sentimiento. Sin duda algo tuvo que ver con la baja autoestima que iría conformando una personalidad dada al retraimiento y a la soledad.
Un día, mientras iba a trabajar, el corazón le dio un vuelco. Unos pasos más adelante caminaba con paso inseguro Eduardo, un compañero de colegio de ingrato recuerdo. Con todo, le impresionó verlo así. Eduardo brujuleaba por el suelo, a tientas con la bolita de su bastón, buscando afanosamente el paso de cebra. Embargado por una súbita efervescencia vengativa, Aurelio recordó aquellos años. Estuvo a punto de hacer la ola a la oportunidad que le brindaba el destino, pero inexplicablemente sucumbió a un inoportuno brote de empatía. Tras un momento de duda se acercó y tomándolo del brazo lo ayudó a cruzar. Mirándolo sin verlo, Eduardo dijo, gracias. Aurelio abortó in extremis el rutinario “de nada” y se dio por vengado.






