sábado, 10 de agosto de 2019

Atanasio


No pudo encontrar la paz. De poco sirvieron sus denodados intentos como decano del gremio. El sector de las pompas fúnebres llevaba tiempo convulso por la competencia desleal. Atanasio, que tenía más de un cadáver en el armario, llegó a conseguir una pequeña fortuna con su negocio de lápidas. Pero la dilapidó.


El día en que cumplía cincuenta años, apenas vio la luz del sol. Tras recibir aquellas flores, perdió la conciencia en medio de un penetrante olor a almendras amargas. El forense dictaminó envenenamiento por inhalación de ácido cianhídrico. Atanasio se llevó a la tumba el misterio de los cinco tulipanes púrpura.


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En busca de una respuesta



  1. No pudo encontrar la paz hasta un tiempo después de la muerte de su madre. Cuando ella partió, lo dejó atrapado en un opresivo interrogante.
    El día que regresó a la casa materna, un punzante silencio esperaba tras la puerta. Guiado por un pálpito subió hasta el desván. Desempolvando el pasado, se reconoció en los rasgos de un hombre retratado en un viejo lienzo, en cuyo reverso rezaba una dedicatoria.
    Lleno de agitación, bajó al recibidor. La respuesta tan anhelada estaba ante sus ojos; en el cuadro preferido de su madre, el de los cinco tulipanes púrpuras.
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Gajes del oficio


Enredado en el cajón de sastre de su escritorio, palpó la textura de aquel bolígrafo, roído hasta la extenuación aunque todavía con tinta suficiente para una última aventura. Pero en el segundo párrafo de la tercera página, tuvo que abortar una incipiente desviación del azul al rosa. Aquella absurda salida de tono, sin duda una treta del subconsciente, le sacó de sus casillas. Arrancó la hoja y arrugándola con rabia, la arrojó a la papelera, con tan mala puntería que la sufrida pelotita se perdió bajo la cama. Se agachó en su busca, pero halló una navaja con cachas de nácar rosa que, aún encerrada en sí misma, mostraba abiertamente su carácter letal. Habría pasado por alto tan evidentes connotaciones, si no hubiera recibido la llamada amenazante de su editor, recordándole los plazos de entrega, así como la exigencia de evitar un tocho cargado de metáforas o lencería.  Antes de que se diera cuenta, la navaja fuera de sí comenzó a mostrar entre líneas su frialdad de acero. Y él se dejó llevar. En la feria del libro, todos alabaron aquella perfecta simbiosis, achacando la ausencia del editor a una de tantas elipsis del mundo editorial.

sábado, 22 de junio de 2019

Secuencia en blanco y negro

Clara se estremece al observar en el altillo su vestido de novia. Subida en la escalera rememora aquellos días en los que cogida del brazo de su madre recorrió la ciudad en busca del soñado modelito blanco, presa de la indecisión ante el abanico de tonalidades: blanco nuclear, blanco roto, marfil, hueso, perla, hielo… Eligió, ¿premonitorio?, el blanco roto.
Desasosegada, alcanza y rasga con sus afiladas uñas el fino envoltorio de tintorería.

Recuerda cómo su madre consiguió con sutil determinación que cayera rendida en los brazos de Marcos, un ilustre abogado de seductora labia y siempre vestido de punta en blanco. Oropeles que perdieron su brillo pocos besos después de la luna de miel.
Fuera de sí, abre la cremallera de interminables dientes y acomoda a su escuálida figura el traje nupcial. Percibe, aumentando su crispación, la ausencia del lazo de raso que el día de la boda abrazaba la brevedad de su talle.
La mañana es diáfana. El sol reverbera sobre las múltiples lentejuelas del albo vestido. En un sombrío rincón del profundo armario ropero permanece perdido el satinado cinto, interrumpiendo la escena que podría oscurecer para siempre esa habitación de blancas paredes.

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Pálpito


Quizá ocurra mañana y baste un soplo de viento para salvar la distancia entre esta nada y el tiempo en que, de pronto, no estabas. En el brillo del espejo intuía tu mirada, atrapado en el recuerdo de tus últimas palabras.
Un día, pensé que volvías, oí pesos quedos al alba y un rumor entre cortinas; por cierto, ¿con quién hablabas?
Quizás hoy vuelva a soñar, no me importa dar respuesta a tu eterno preguntar, ¿dónde miras?, ¿quién es esa que te mira sin cesar?, ¿qué pretende esa mujer? Y así una y otra vez.


Llamadas que no llegan



Quizá ocurra mañana, piensa una noche más. Antes de acostarse, se prueba uno de sus trajes para confirmar que todavía le sirve.

Durante la larga espera, ha superado el vértigo inicial que sentía al entrar en el comedor social, ha cambiado el pádel de los sábados por el paseo, y ha comprobado que del apretado racimo de amigos que llegó a tener, apenas le llaman dos. Pero lleva peor lo de su madre; hoy nuevamente le ha dejado la misma cantinela en el contestador: “Hijo, no hay manera de pillarte en casa, ese trabajo tuyo te va a matar. Llámame”. Y así una y otra vez.




jueves, 20 de junio de 2019

Recuerdos en blanco y negro

“No intentes ordenar el caos que bulle en tu mente, déjala en blanco y después que fluya libre. Si embridas firmemente a tu caballo, quizás consigas que trote al compás de la lógica, pero a costa del vértigo de lo inesperado”. Fueron las enigmáticas palabras que deslizó “El Orejas” debajo mi puerta, antes de largarse. Después, un fundido en negro de cincuenta años. Nunca supe nada de él. Apenas algún rumor. Hasta ayer. Una llamada anónima me comunicó su fallecimiento.  Por más que lo intenté, no conseguí identificar la llamada. Me subyugó el misterioso matiz de aquella voz, incolora, casi blanca. Y, no sin cierto repelús, me remonté a los años sesenta. Éramos jóvenes y compensábamos los días sin blanca con noches de blanco satén. Entonces nadie  hablaba del bullying, pero siempre encontrábamos alguien propicio para blanco de nuestras “bromas”. Y al “Orejas” le tocó. Un poco por lo evidente de su mote y un mucho por envidia. Nunca pudimos soportar que, pese a su peculiar aspecto, “El Orejas” conquistara a la dulce Jane. Todavía recuerdo aquellos ojos azules y su blanca palidez.





lunes, 3 de junio de 2019

Expeditiva



  1. Soñar despiertos era nuestro juego favorito en las tardes de verano. Mientras los demás se zambullían en la piscina, nosotros, medio ocultos por nuestras coloridas toallas, simulábamos ser la pareja perfecta, sin escatimar caricia alguna. Pero el día que optaste por compartirme con tu mejor amigo, descubrí, como por arte de magia, la mejor manera de utilizar aquel cordel de rafia que siempre llevaba enredado entre los dedos.

Las carga el diablo



Soñar despiertos era nuestro juego favorito, mientras matábamos el tiempo inconscientes de que en ello nos iba la vida. Aquella calurosa tarde nos adentramos, una vez más, en el ruinoso palacio de la marquesa. Todo empezó como un juego y nadie imaginó que el lúgubre ambiente reavivara viejas rencillas. Tampoco que aquella antigualla fuera capaz de matar una mosca. Pero, tal vez sin sospecharlo, todos colaboramos en la escenificación del ritual, que terminó por accionar el obsoleto mecanismo del arma. Tras un aleatorio planteamiento, el nudo se enredó y el desenlace se precipitó inevitablemente. Alguien perdió los papeles y el gatillo se le rebeló entre los dedos.


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Escrito por Javier Igarreta para ESTA NOCHE TE CUENTO

Verde desconcierto


En el autobús que une su barrio con el centro de la ciudad, Olga permanece de pie y absorta frente a la ventanilla. La hilera de árboles que separa la carretera del río se le antoja una interminable pincelada verde, surgiendo ante sus ojos al capricho de la velocidad.



De pronto, un brusco frenazo la hace perder el equilibrio precipitándose contra un hombre maduro que, recuperando la única mano libre del bolsillo de su raído abrigo austriaco, la sujeta firmemente un instante. La joven se disculpa y un cruce de sonrisas sella el momento de desconcierto.

Olga llega puntual a su cita con Lucas. Éste, observándola cariacontecido, se percata de que su novia ha perdido uno de los pendientes de esmeraldas que él le regaló para su pasado cumpleaños. Ella, llevándose las manos a las orejas, sorprendida y muy afligida, le cuenta el episodio del autobús.
Cuando Olga vuelve a casa, retira el correo y se llena de júbilo al encontrar el pendiente colgando del vértice de uno de los sobres. Alegría que se desvanece antes de cerrar el buzón.


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Escrito por Juana Mª Igarreta para ESTA NOCHE TE CUENTO, propuesta color verde