sábado, 22 de junio de 2019

Secuencia en blanco y negro

Clara se estremece al observar en el altillo su vestido de novia. Subida en la escalera rememora aquellos días en los que cogida del brazo de su madre recorrió la ciudad en busca del soñado modelito blanco, presa de la indecisión ante el abanico de tonalidades: blanco nuclear, blanco roto, marfil, hueso, perla, hielo… Eligió, ¿premonitorio?, el blanco roto.
Desasosegada, alcanza y rasga con sus afiladas uñas el fino envoltorio de tintorería.

Recuerda cómo su madre consiguió con sutil determinación que cayera rendida en los brazos de Marcos, un ilustre abogado de seductora labia y siempre vestido de punta en blanco. Oropeles que perdieron su brillo pocos besos después de la luna de miel.
Fuera de sí, abre la cremallera de interminables dientes y acomoda a su escuálida figura el traje nupcial. Percibe, aumentando su crispación, la ausencia del lazo de raso que el día de la boda abrazaba la brevedad de su talle.
La mañana es diáfana. El sol reverbera sobre las múltiples lentejuelas del albo vestido. En un sombrío rincón del profundo armario ropero permanece perdido el satinado cinto, interrumpiendo la escena que podría oscurecer para siempre esa habitación de blancas paredes.

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Pálpito


Quizá ocurra mañana y baste un soplo de viento para salvar la distancia entre esta nada y el tiempo en que, de pronto, no estabas. En el brillo del espejo intuía tu mirada, atrapado en el recuerdo de tus últimas palabras.
Un día, pensé que volvías, oí pesos quedos al alba y un rumor entre cortinas; por cierto, ¿con quién hablabas?
Quizás hoy vuelva a soñar, no me importa dar respuesta a tu eterno preguntar, ¿dónde miras?, ¿quién es esa que te mira sin cesar?, ¿qué pretende esa mujer? Y así una y otra vez.


Llamadas que no llegan



Quizá ocurra mañana, piensa una noche más. Antes de acostarse, se prueba uno de sus trajes para confirmar que todavía le sirve.

Durante la larga espera, ha superado el vértigo inicial que sentía al entrar en el comedor social, ha cambiado el pádel de los sábados por el paseo, y ha comprobado que del apretado racimo de amigos que llegó a tener, apenas le llaman dos. Pero lleva peor lo de su madre; hoy nuevamente le ha dejado la misma cantinela en el contestador: “Hijo, no hay manera de pillarte en casa, ese trabajo tuyo te va a matar. Llámame”. Y así una y otra vez.




jueves, 20 de junio de 2019

Recuerdos en blanco y negro

“No intentes ordenar el caos que bulle en tu mente, déjala en blanco y después que fluya libre. Si embridas firmemente a tu caballo, quizás consigas que trote al compás de la lógica, pero a costa del vértigo de lo inesperado”. Fueron las enigmáticas palabras que deslizó “El Orejas” debajo mi puerta, antes de largarse. Después, un fundido en negro de cincuenta años. Nunca supe nada de él. Apenas algún rumor. Hasta ayer. Una llamada anónima me comunicó su fallecimiento.  Por más que lo intenté, no conseguí identificar la llamada. Me subyugó el misterioso matiz de aquella voz, incolora, casi blanca. Y, no sin cierto repelús, me remonté a los años sesenta. Éramos jóvenes y compensábamos los días sin blanca con noches de blanco satén. Entonces nadie  hablaba del bullying, pero siempre encontrábamos alguien propicio para blanco de nuestras “bromas”. Y al “Orejas” le tocó. Un poco por lo evidente de su mote y un mucho por envidia. Nunca pudimos soportar que, pese a su peculiar aspecto, “El Orejas” conquistara a la dulce Jane. Todavía recuerdo aquellos ojos azules y su blanca palidez.





lunes, 3 de junio de 2019

Expeditiva



  1. Soñar despiertos era nuestro juego favorito en las tardes de verano. Mientras los demás se zambullían en la piscina, nosotros, medio ocultos por nuestras coloridas toallas, simulábamos ser la pareja perfecta, sin escatimar caricia alguna. Pero el día que optaste por compartirme con tu mejor amigo, descubrí, como por arte de magia, la mejor manera de utilizar aquel cordel de rafia que siempre llevaba enredado entre los dedos.

Las carga el diablo



Soñar despiertos era nuestro juego favorito, mientras matábamos el tiempo inconscientes de que en ello nos iba la vida. Aquella calurosa tarde nos adentramos, una vez más, en el ruinoso palacio de la marquesa. Todo empezó como un juego y nadie imaginó que el lúgubre ambiente reavivara viejas rencillas. Tampoco que aquella antigualla fuera capaz de matar una mosca. Pero, tal vez sin sospecharlo, todos colaboramos en la escenificación del ritual, que terminó por accionar el obsoleto mecanismo del arma. Tras un aleatorio planteamiento, el nudo se enredó y el desenlace se precipitó inevitablemente. Alguien perdió los papeles y el gatillo se le rebeló entre los dedos.


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Escrito por Javier Igarreta para ESTA NOCHE TE CUENTO

Verde desconcierto


En el autobús que une su barrio con el centro de la ciudad, Olga permanece de pie y absorta frente a la ventanilla. La hilera de árboles que separa la carretera del río se le antoja una interminable pincelada verde, surgiendo ante sus ojos al capricho de la velocidad.



De pronto, un brusco frenazo la hace perder el equilibrio precipitándose contra un hombre maduro que, recuperando la única mano libre del bolsillo de su raído abrigo austriaco, la sujeta firmemente un instante. La joven se disculpa y un cruce de sonrisas sella el momento de desconcierto.

Olga llega puntual a su cita con Lucas. Éste, observándola cariacontecido, se percata de que su novia ha perdido uno de los pendientes de esmeraldas que él le regaló para su pasado cumpleaños. Ella, llevándose las manos a las orejas, sorprendida y muy afligida, le cuenta el episodio del autobús.
Cuando Olga vuelve a casa, retira el correo y se llena de júbilo al encontrar el pendiente colgando del vértice de uno de los sobres. Alegría que se desvanece antes de cerrar el buzón.


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Escrito por Juana Mª Igarreta para ESTA NOCHE TE CUENTO, propuesta color verde

jueves, 18 de abril de 2019

VERDE MUSGO


Con la primavera a la vuelta de la esquina, nuestro viejo profesor de literatura se olvidó por una vez de “Alicia en el país de las maravillas” y, en un rasgo de asombrosa originalidad, nos puso de tarea una redacción para que nos explayáramos por los fértiles parajes del color verde. Remilgado como era, nos advirtió encarecidamente que evitáramos lo prosaico, más todavía el mal gusto, y así con sucesivas acotaciones nos fue marcando la pauta para que nuestra desbocada imaginación fuera a parar al huerto de la exuberante fronda primaveral. Yo me sentía un tanto remiso a transitar por sendas, por otra parte tan trilladas y, mientras me estrujaba la sesera buscando matices del verde menos pedestres, contemplaba el nervioso deambular del profesor, tan pulcro y aseado él, sin poder evitar imaginármelo en sus, según algunos, frecuentes paseos por el parque, que le habían acarreado, sin duda injustificadamente, cierta sombra de viejo verde.

lunes, 8 de abril de 2019

Una tragedia increíble

Nereo, el anciano dios de los océanos, ha sorprendido a Tetis ovillada en el fondo marino. La joven nereida teme desvelar a su padre el motivo de su desolación. Ella, avezada socorrista de los más intrépidos argonautas, la pasada noche desoyó las voces desgarradas que imploraban su auxilio. Y el mar, tan calmo y solícito a veces, obró con la mayor fiereza, haciendo de sus aguas un dantesco escenario. ¿Quién creerá a la ninfa si cuenta que presenció a la imponente Hidra recoger despavorida sus múltiples cabezas de serpiente, al ser rodeada de un sinfín de restos humanos? Y si dice que vio el ojo de un cíclope colmarse de colosales lágrimas, cuando sumergiendo sus titánicas manos las llenó de fragmentos de una infortunada patera, ¿quién dará crédito a sus palabras?

Rojo de rabia

Me la encontré en la estación de cercanías. Cuando me pidió la hora, intuí que solicitaba mi ayuda, sobre todo al reparar en la presencia de aquel individuo malencarado que nos observaba atentamente. Le sugerí acudir al policía que patrullaba la estación, pero ella rechazó la idea con un expresivo ademán de sus ojos y, aprovechando la algarabía tras la llegada de un tren, salió a toda prisa indicándome que la siguiera, cosa que hice vigilando subrepticiamente al “sospechoso”. Ella me esperó en una bocacalle, y casi me empujó hasta el interior de un café destartalado. Allí simuló derrumbarse, mientras me hablaba acongojada de antiguas correrías, deudas pendientes y supuestas amenazas; pero de pronto se levantó, como movida por un resorte. Fue demasiado tarde, cuando una sospecha hizo que me palpara compulsivamente los bolsillos. Salí tras ella y aún pude verla, arriesgando su vida en medio del tráfico, acompañada del tipo aquel. Enrabietado ante un semáforo que “jugaba siempre al rojo”, comprendí que mi gesto de viejo “cruzrojista” me había jugado una mala pasada. Por no hablar del carmín de aquellos labios.

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Escrito por Javier Igarreta para ESTA NOCHE TE CUENTO (inspirado en el color rojo)