Absorta en tan cruciales consideraciones, de pronto se sintió atraída por el quejumbroso traqueteo de un molino cercano cuyas aspas giraban a merced del viento. Dejando a rebufo del mismo cualquier atisbo de quijotescos desvaríos, tuvo ocasión de columbrar la gigantesca obra que se perfilaba en su mente. Mas, ahora era preciso tener los pies en el suelo. La comitiva del Santo Oficio, con su farfolla y sus antorchas estaba a pocas leguas. Conocedores de sus andanzas seguían de cerca sus pasos. Aquella manera tan suya de entender los dogmas, amén de sus antecedentes familiares, la delataban. A fe que no era santa de su devoción.
Un día todos los astrónomos se levantaron con una suerte de agujero negro en el estómago. Arrastrados por una enigmática fuerza, en lugar de encaminarse a sus correspondientes observatorios para seguir estudiando el universo y sus cuerpos celestes, salieron desaforados en busca de restaurantes con estrellas Michelin.
Pero lo peor fue cuando ese mismo día la NASA se llenó de cocineros. Armados con sus panoplias de cuchillos, invadieron el organismo decididos a comprobar si lo que allí dentro se estaba cociendo era de su gusto; en caso contrario, procederían a cortarlo por lo sano.
Así las cosas, tuvo que mediar la palabra diálogopara que sus dos compañeras volvieran a sus respectivos roles, frenando de esta manera el caos que estaban provocando.
Desde entonces, a pesar del aparente orden restablecido, los precios de los productos gastronómicos no han dejado de ser astronómicos.
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