Son las primeras navidades tras la muerte del abuelo. Aún así, la abuela se ha empeñado en celebrar la Nochebuena en su casa. Cuando hemos llegado ya estaba la mesa puesta. ¡El sitio del abuelo también tiene su cubierto!
Suena el timbre. Nos miramos unos a otros con extrañeza porque no esperamos a nadie. La abuela sale presurosa de la cocina y se dirige a la entrada. Yo la sigo, pero me quedo expectante unos metros atrás.
La abuela abre la puerta y entra un desconocido. Hablan bajo, justamente consigo entenderles:
— Pasa, pasa… cuánto tiempo, deja los regalos por ahí. La casa sigue estando igual que cuando te vestías de Olentzero.
— ¿Están todos? ¿Mario también?
— Sí, sí, al fin pudo coger a tiempo el avión. Ya creía que te morías sin verlo. Ahora es cuando más se te parece.
