De cuento





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Un delfín en la luna


Érase una vez un pequeño delfín hechizado por la luna. En las noches de luna llena miraba embelesado la gran esfera plateada que ésta proyectaba sobre las aguas del mar.

Una de esas noches  escuchó la conversación que mantenían la luna y el mar y no pudo evitar dar saltos de emoción.

-Mar, sólo tú puedes ayudarme con lo del vestido de volantes. Me han invitado a la Feria de Abril y no tengo qué ponerme.  Si me regalas un  puñado de tus onduladas olas, las coseré  al bajo de mi traje de nube y parecerá un auténtico vestido de sevillana.

-¡Ay, Lunita!, por pedir que no quede. Procuraré reunir las mejores olas para la primera noche de abril. Eso sí, tendrás que ser tú quién baje a recogerlas.

El delfín no cabía en sí de gozo  pensando en que iba a tener la oportunidad de ver a la luna de cerca, tocando el mar.

Llegó la primera noche de abril y, tal como estaba acordado, la luna, arropada por varias nubes, descendió hasta el mar para recoger las olas que su fiel amigo le había preparado.

El delfín, lleno de entusiasmo y dando rienda suelta a sus instintos, no se lo pensó dos veces y se camufló de un salto entre la blanca espuma de una de las olas.  Así, este singular polizón,  consiguió, en una singladura sin precedentes, abandonar el mar y llegar al espacio celeste.

Lo malo fue al llegar la madrugada. El sol, que apareció como de costumbre cuando la luna ya se retira a descansar, fue aproximándose a ésta lleno de curiosidad. La luna, temerosa de que el sol con sus ardientes rayos le absorbiera su traje de volantes de agua, le gritó: -¡Sol, no te acerques! Pero ya era demasiado tarde. La pobre luna  vio evaporarse en un santiamén su preciado vestido.

¿Y qué fue del pequeño delfín? Algunos dicen que, haciendo gala de sus dotes de avezado saltarín, se refugió en una gran masa de nubes oscuras y volvió al mar en medio de un inmenso aguacero. Otros aseguran que,  si miramos fijamente a la luna en las noches de plenilunio, una pequeña sombra en forma de pez se adivina entre sus manchas.



 



Juana Mª Igarreta, 2012.






UN CUENTO "REAL"

En Navidad solemos poner el belén sobre la mesita del recibidor, ya que es el sitio más idóneo para tal menester. Dicha mesita, durante el año, suele estar decorada con algunas figuras y un pequeño jarrón con flores, pero también sirve para colocar en ella las llaves y los teléfonos móviles de quienes en cada momento nos encontramos en casa. Y cuando uno se acostumbra a dejar las cosas en un sitio, tiende inconscientemente a seguir haciendo lo mismo. Es lo que a mí me ha ocurrido, en más de una ocasión, estas pasadas navidades; seguí dejando el móvil en la mesita, aprovechando un pequeño espacio vacío en el musgo del belén.

Lo que os vengo a contar sucedió en Nochebuena. Nos juntamos para cenar los de casa y algunos familiares más. Con el bullicio que organizamos, no pude oír que sonaba mi móvil. Por otra parte, tampoco esperaba en una noche así ninguna llamada. Pero sí la hubo y además insistente… aunque yo no lo supe hasta cuatro días después.

Efectivamente, el día 28 de diciembre recibí una llamada en mi móvil desde un número codificado con las cifras 2412, que estuve a punto de no atender ya que no sabía quién me llamaba. Contesté y oí que me decían – Soy Lucas Aranda de Movifone, ¿sería tan amable de ponerme con el “Rey Melchor”?… tuve el gusto de hablar con él el día de Nochebuena… Caí enseguida en que era el día de los inocentes y le contesté… – vaya con bromitas a otra parte… y ya estaba a punto de colgarle, cuando escuché: – veo que usted no comparte el buen humor de su compañero de piso….

En este punto me picó la curiosidad y le dije que me contara exactamente cómo había sido la conversación a la que se refería cuando llamó en Nochebuena a mi móvil, y así me la contó:

- ¿Quién llama a estas horas, qué ocurre?

- Soy Lucas Aranda y le llamo desde Movifone ¿Es usted don…?

- Soy el Rey Melchor y ¿usted, quién es?

- Le felicito por su gran sentido del humor…

- Perdone, pero voy camino de Belén y no tengo tiempo que perder…

- ¿Usted se quiere quedar conmigo…?

- ¿No le estoy diciendo que tengo mucha prisa?, dígame de una vez qué es lo que quiere…

- Sea usted quién sea, quiero darle una buena noticia…

- Perdone, supongo que la buena noticia es que ha nacido El Mesías…

- Ya veo que se toma usted muy en serio esto de la Navidad. Como ya le he comentado, soy Lucas Aranda y le llamo desde Movifone para ofrecerle nuestra Oferta Estrella que estoy seguro usted no querrá perderse…

- Disculpe, pero mis compañeros Gaspar y Baltasar y yo ya tenemos una estrella que nos guíe. Venimos desde Oriente siguiéndola,  ella es la que nos conducirá hasta Belén y no tenemos ningún miedo a perdernos. Y ahora tengo que dejarle, me están esperando.

Así terminó, al parecer, esta inaudita conversación.

Me despedí del tal Lucas Aranda pensando que tal vez se tratase de una inocentada muy elaborada, pero al comprobar en el registro del móvil que existió tal llamada, en Nochebuena y desde un 2412, me quedé perpleja.

A partir de este momento me propuse indagar entre los familiares para saber quién era el misterioso “Rey Melchor”, pero las pesquisas resultaron totalmente infructuosas. Solo me queda pensar que realmente fue cosa de “magos”.

FIN


Juana Mª Igarreta (enero 2011)









EL RETABLO



Eran las 9 horas en punto de la noche cuando Elvira, después de asegurarse de que no quedaba nadie dentro, cerró la puerta de la iglesia, tal como le había pedido don Germán, el cura del pueblo. Éste había tenido que salir apresuradamente para atender  a un feligrés  agonizante.

Al tiempo de guardar la vieja llave en el bolsillo del abrigo, sintió escalofríos y pensó por un momento que no debía haber salido de casa en su estado febril, pero no le pareció prudente dar su negativa a don Germán, con el que últimamente había estrechado lazos, sobre todo desde que se había quedado viuda. En vida de Juan, su marido, apenas acudían a la iglesia, tan sólo en funerales y algunas ocasiones de compromiso ineludible. Ahora, tenía que reconocer que estar un rato en el templo a solas y en silencio, se había convertido en una necesidad casi diaria.

Era una iglesia de pequeñas dimensiones dedicada al culto a San José, siendo su interior de una única nave rectangular.


Le gustaba sentarse en el primer banco para poder observar lo más cerca posible el retablo. De tal manera que hasta se había aprendido  los nombres de los santos cuyas imágenes componían el mismo. Don Germán le había puesto al corriente sobre la vida y milagros de cada una de aquellas figuras talladas y policromadas.

Elvira entró en su casa y dejó la llave de la iglesia sobre el tapete bordado de la mesita del vestíbulo, con el ánimo de devolvérsela a don Germán al día siguiente a primera hora de la mañana.

Volvió a sentir escalofríos y pensó que lo mejor que podía hacer era tomarse una aspirina y un vaso de leche caliente con miel y meterse en la cama cuanto antes. Así lo hizo y no había pasado media hora cuando, entre sueños, le pareció escuchar voces que venían de la calle. Se levantó y se asomó a la ventana. En la calle no había nadie.  Sin embargo, al dirigir su mirada al frente,  se quedó perpleja cuando descubrió luz en el interior de la iglesia.

A pesar de estar presa de una sensación entretejida de sudor frío y miedo, una fuerza superior a ella le hizo coger la llave y bajar las escaleras a toda prisa. Una vez en la calle y, para no ser vista, evitó cruzar por el centro de la plaza y atravesando los soportales llegó a la iglesia. Era una noche muy clara, con una luna rotunda.

Temblorosa, hizo girar la manilla de la puerta de la iglesia y comprobó que ésta continuaba cerrada; introdujo la llave y fue abriendo lentamente hasta colarse dentro.

Sigilosa, fue a colocarse al fondo de la iglesia, justo debajo del coro para desde allí poder observar qué estaba ocurriendo.

Lo primero que llamó su atención fue la luz; ésta, que iluminaba sólo parte del templo, no era la luz ordinaria de las lámparas, de hecho éstas permanecían apagadas.

De pronto, escuchó una voz de niño que parecía provenir de la parte delantera, e intentó hacer un recorrido rápido con la mirada, tanto por la zona de bancos como en los pasillos, central y laterales, sin conseguir ver a nadie.

Elvira permanecía inmóvil y su corazón latía cada vez más agitado. Nuevamente oyó voces, al mismo tiempo que  descubría atónita que  procedían del retablo:

–        José, me prometiste que me harías un tobogán en las escaleras del coro.

-         Vale, Jesús, no seas impaciente. Tengo que recordar primero dónde dejó don Germán aquellas viejas tablas. Antes estaban en la sacristía, pero, desde que la reformaron, no sé qué habrá sido de ellas

-         Creo que están en el cuarto de la caldera, dijo Pedro, yo mismo le oí comentar a don Germán su intención de hacer leña con ellas el próximo invierno.

-         Nosotros también ayudaremos, dijeron al unísono Mateo, Marcos, Lucas y Juan.  Entre todos cumpliremos el deseo del Niño.

Elvira no salía de su asombro. ¡Eran algunas de las imágenes del retablo que habían cobrado vida!

Estaba oyendo a San José, al Niño Jesús, a San Pedro y a los Cuatro Evangelistas, al tiempo que veía cómo cada uno de ellos abandonaba su hornacina y se agrupaban alrededor del altar.

Siguió observando y pudo ver cómo San José se desprendía de su corona y del bastón florido colocándolo sobre uno de los primeros bancos. El resto hizo lo propio con sus complementos ornamentales, dirigiéndose después al cuarto de la caldera,  saliendo al rato provistos de tablas y herramientas con los que se encaminaron hacia el coro.

A partir de este momento, Elvira no pudo ver nada más, ya que ella se encontraba escondida justo debajo del coro. Sí que llegó a la conclusión de que  una vez terminado el tobogán, nadie se resistió a deslizarse por él, dado el revuelo que montaron y a los comentarios que hacían entre ellos sobre la conveniencia de recogerse las túnicas mediante nudos, para evitar los enganchones y desperfectos en las mismas.

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Hasta aquí recordaba Elvira cuando se despertó al día siguiente y se juró a sí misma que no contaría a nadie lo soñado, ni siquiera a don Germán, con el que había quedado para devolverle la llave, porque la tacharía de irreverente.

Se levantó y se dirigió al vestíbulo para coger la llave de la iglesia, pero… la llave no estaba en la mesita. Intentó memorizar… – al entrar en casa, dejé la llave en la mesita… sobre el tapete…–  se dijo en voz alta.

Se dirigió al colgador donde estaba su abrigo. La llave estaba en uno de los bolsillos.


Elvira, tal como había quedado, devolvió la llave a don Germán y pensativa regresó a su casa.

Aquella misma tarde, en cuanto pudo, volvió a la iglesia. Se dirigió a las escaleras del coro y comprobó que no había  nada extraño.

Nuevamente se sentó en el primer banco; con más embeleso que nunca contempló el retablo y, al detenerse en la carita del Niño, descubrió una expresión risueña que antes no había observado, como la mirada de cualquier niño que ha visto realizado un sueño.

                                                     FIN












UN GOLPE CERTERO

(CUENTO)
Yo crecí en un vivero a orillas del río Arga. Digo crecí, por decir algo, porque en realidad siempre he sido un pino chaparro. Mientras mis compañeros de vivero iban cogiendo altura, repletos de verdes agujas formando una figura cónica envidiable, mis ramas estaban semidesnudas y habían brotado desordenadas, o sea, lo que se dice un pino poco agraciado.

Sabido es que las plantas y árboles que nacemos en los viveros estamos destinados a que alguien venga, nos eche una ojeada y, si somos de su agrado, por unas monedas  nos compre. Y así acabar felizmente  plantados en un parque,  en una huerta, en el jardín de un adosado...

Pero es cada año a últimos de diciembre cuando aumenta el trasiego de personas interesándose por nosotros, los pinos. Pues somos por excelencia "el árbol de la Navidad".

pino

Pero ¿quién se iba a fijar en mí? El pasado año tuve la triste experiencia de ver cómo iban desapareciendo todos los que fueron mis compañeros de semillero, hasta quedarme solo. Solo y abandonado, ya que me habían apartado en un rincón y nadie se preocupaba ni siquiera de regarme, y si sobrevivía era gracias a la lluvia, que cuando cae no hace distingos  y  moja por igual a todos, a los esbeltos y a los canijos como yo.

A través de los agujeros  de la verja metálica veía los árboles que poblaban la orilla del río. Llamaba mi atención, especialmente, un enorme abeto que servía de refugio a una multitud de estorninos, que al final del día formaban un gran alboroto posados en sus ramas. Soñaba con  llegar a ser como él.

Los días que me encontraba más tristón  pensaba que tenía las horas contadas y que no dejaba de ser una ironía tener que "morirme en un vivero".

El viento traía hasta mí las conversaciones de los empleados, que me servían de distracción haciendo olvidar mi infortunio.

Tomás, que así se llamaba el encargado, era el trabajador más antiguo y contaba los días para poder jubilarse. Su aspecto rudo y su voz bronca contrastaban sobremanera con una sensibilidad especial que afloraba en determinadas ocasiones. En verano, próxima la hora del cierre, en esas tardes en las que cielo se viste de tonos rojizos anunciando otra calurosa jornada, solía quedarse ensimismado contemplando la puesta de sol y comentaba cosas así: - mirad el horizonte,  parece la ranura de una hucha gigantesca y el sol una enorme moneda de oro introduciéndose en ella -. Es que Tomás, en el fondo, era un romántico y un apasionado de las puestas de sol. La cosa llegaba a tal punto que les decía a sus compañeros: - ya lo tengo hablado con mi mujer, cuando me jubile vamos a coleccionar puestas de sol. En primer lugar viajaremos a Cádiz, porque nos han dicho que ver ocultarse al sol desde la playa de La Caleta es algo mágico. Luego, ya pensaremos en otros sitios.




puesta de sol desde la playa de La Caleta en Cádiz.


                      Puesta de sol desde la playa de La Caleta en Cádiz.


Óscar Luis era la alegría de la huerta, del vivero en este caso. Él había venido de  Colombia en busca de unas mejores condiciones de vida. Presumía de ser más pamplonés que nadie, ya que había nacido en la Pamplona colombiana y el destino le había traído a la Pamplona navarra.

Luego estaba Mikel. Con sus 18 años recién cumplidos y unos estudios de Educación Secundaria hechos a trancas y a barrancas, contaba bromeando que había acabado en una escuela taller haciendo jardinería, porque los profesores en el instituto siempre le decían que lo suyo era "irse por las ramas". Y ahora, en el vivero se volvía a confirmar.

Ya entrado el otoño,  sus conversaciones empezaron a ser menos animosas. Hablaban  de que había llegado la crisis, que debía de ser una especie de gripe muy rara y muy contagiosa, pues Tomás decía que cuando Estados Unidos tose todo el mundo estornuda, para luego continuar diciendo que por culpa de la crisis no se iban a vender ni pinos en  Navidad, y yo no entendía nada,  porque siempre había oído comentar que el aire de los pinos era bueno para los catarros.

Así pasaban las horas y los días hasta que, una mañana de diciembre, un fuerte impacto en el corazón de mi maltrecho tronco interrumpió mi monótona calma. Algo extraño se había encajado entre mis ramas.

No me había recuperado del susto cuando, por momentos, el vivero se llenó de un griterío de voces. Era un grupo de niños que, acompañados por su maestro, venían en busca del balón que habían perdido.

- ¿Seguro que ha entrado en el vivero? preguntó don Javier, el maestro. Varios de ellos asintieron, al tiempo que Mikel y Óscar Luis  salían a su encuentro.

Todos comenzaron la búsqueda del balón y fue uno de los niños, Adrián, quién lo vio semioculto en mi esqueleto vegetal. Su impulso para recuperarlo hizo que yo diera con mis resecas ramas en el suelo.

Tomás, que lo había observado todo, se acercó presuroso y, al tiempo que me devolvía la verticalidad, comentó mirando a Adrián: - no te preocupes, chico, este pino no sirve para la venta, acabará hecho astillas. A lo que don Javier prosiguió: - si no hay inconveniente nos lo llevamos, en clase no tenemos árbol de Navidad. Pasadas las vacaciones, si aguanta, lo replantaremos.

La emoción de pensar que por fin iba a dejar el vivero hacía hervir la poca savia que quedaba en mis nervios y me temblaba hasta el cepellón.

El cariño con el que fui tratado por don Javier y los niños me hizo reverdecer  y ahora vivo feliz en la falda del monte San Cristóbal.  Si alguna vez vuestro paseo os trae hasta aquí y queréis reconocerme, os diré que conservo una redonda hendidura en mi tronco, recuerdo de aquel certero golpe de balón que hizo cambiar mi suerte.

pino-nevado

Fin

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