domingo, 27 de mayo de 2018

Muerto de miedo



El miedo, seguro de su ancestral supremacía, aguardaba silencioso en los rincones oscuros del viejo caserón. Pero el intrépido vagabundo, en actitud desafiante y candil en mano, desveló su guarida de polvo y telarañas. Cuando escuchó a sus espaldas aquel angustioso estertor, su corazón latió aceleradamente. Y después se paró.

Imagen de Internet


Cumpleaños


Al cumplir los doce le regalaron ese barco pirata que siempre había soñado. Para entonces su corazón y el de Alazne latían acordes.

Cerrando los ojos sopló las velas con toda su alma y, al abrirlos, contempló cómo la nave se alejaba veloz, perdiéndose en el mar de su infancia.


Imagen de Internet


jueves, 12 de abril de 2018

Las memorias de don Matías

Don Matías, un rico y solitario octogenario,  contrató a Lucía para que tomara nota de sus memorias. Quería contar al mundo su apasionante vida acontecida en diferentes países de Oriente. La joven permanecería junto al anciano hasta que este relatase el último capítulo de sus vivencias.

Día a día,  mientras don Matías reverdecía emociones con cada recuerdo, Lucía modelaba sueños en el horizonte de su futuro.

Una mañana, llamó a la puerta un vendedor de alfombras tocado con turbante. La muchacha, contagiada por el embrujo de las historias del este, se vio irremediablemente atrapada bajo la turbadora mirada de ojos profundos como pozos del apuesto mercader. Él, avezado en artes amatorias, percibiendo el candor y la inexperiencia de ella, le sugirió que eligiese una de sus alcatifas. Se la regalaría a cambio de que le permitiera conocerla. Lucía, aceptando la oferta, escogió un modelo decorado con una criatura marina de larga y escamosa cola. Cuando el anciano se hubiera dormido, ella colgaría la alfombra del alfeizar de la ventana.

Al día siguiente, entre bostezo y bostezo, preguntó Lucía a don Matías:

—¿Cuántos días quedarán para finalizar sus memorias?
—Tantos como noches necesites para disfrutar de tu nueva alfombra  -contestó él.

Fotografía de Rene Maltete


Mi propuesta para Esta noche te cuento

 

domingo, 8 de abril de 2018

Souvenir


Irrumpiste en mis sueños
cuando regresé de Praga,
ahora habitas mis desvelos
con tu afán de cucaracha.


Escudriñas mis recuerdos,
fisgoneas en mis traumas
y, de noche, casi siento
que merodeas mi cama.


Consulté con curanderos
y con pastores de almas.
Acudiré a mi librero,
él tiene línea con Kafka.


Imagen de Internet

La venganza inconsciente de Irene


Imelda ha encontrado bajo su almohada una cajita de bombones. Sospecha de Julián, que la persigue renqueante con su andador por los pasillos de la residencia.

Irene no recuerda que ayer le trajeron bombones. Y tampoco que el andador que acaba de esconder en su habitación es el de Julián.


Imagen de Internet

Escrito por Juana Igarreta para 


lunes, 5 de marzo de 2018

El regusto amargo de las calabazas



Hacer una fiesta de Halloween aislados del mundo es arriesgado. ¿Quién iba a pensar que algún fantasma nos iba a encerrar, largándose después con las llaves? Seguro que fue tu marido, que propuso entrar sin teléfonos móviles en esta casa abandonada. Nunca le gustaron los asuntos de calabazas. Doy fe.

Imagen de Internet



In illo tempore



En las mañanas de invierno, la capilla del internado era un auténtico páramo y los jóvenes postulantes,  siguiendo las recomendaciones del prefecto, intentaban transformar su fervor espiritual en calor corporal. Entretanto, los piadosos frailes, parapetados al fondo del oratorio y flanqueados por estufas de gas, meditaban recogidos en místico duermevela.

Imagen de Internet



viernes, 26 de enero de 2018

A las cinco, café con pastas

El sábado que Osman inauguró el restaurante, invitó a los vecinos a tomar café con pastas. Y puntuales acudieron a la cita de las cinco, incluida  doña Remigia, la octogenaria del tercero, a pesar de que “el turco” no era santo de su devoción.

Osman se lo había currado. Él mismo se encargó de elaborar las tarjetas que anunciaban la apertura del local, para luego depositarlas en los correspondientes buzones. Además convenció a Urko, con quien había entablado amistad hacía poco tiempo, para que se vistiera de payaso y amenizara un poco la tarde. Después de la actuación, seguro que serían muchas las monedas tintineando en su sombrero.

Urko fue alternando los números que mejor se le daban. Pero las risas que consiguió arrancar en un principio, al tiempo que la gente le daba la espalda, pronto enmudecieron.

¿Habrían reconocido bajo aquel raído disfraz y aquella voz distorsionada al viejo cerrajero? ¿Sería capaz de retener a los vecinos de Osman el tiempo suficiente para que su “socio” terminara el trabajo puerta a puerta?

Lo sentía por Osman, que era un buen muchacho. Pero ¿un parado de larga duración puede vivir de hacer el payaso?


Fotografía de Thomas Höpker